domingo, 16 de enero de 2011

La quimica en el siglo XXI ¿Ángel o demonio?

PARA MUCHAS PERSONAS LO "QUÍMICO" ES SINÓNIMO DE CONTAMINANTE, DAÑINO O PERJUDICIAL

ANTES DE COMENZAR debo hacer una confesión: yo con la química llevo una relación pasional, una de esas relaciones que oscilan entre el amor y el odio. La quiero porque me ha enseñado a maravillarme con los secretos de la transformación de las sustancias, pero la detesto cuando me habla en clave, cuando me llena la memoria de símbolos y fórmulas. Me la comería a besos cada vez que me sorprende con la síntesis de un nuevo material y me fascina su persistencia por develar la identidad de las cosas, pero me saca de quicio su obsesión por los detalles y me atormentan las catástrofes que se producen cuando alguien abusa de ella o la trata de manera poco cuidadosa.

Sentimientos contradictoriosCreo que a la mayoría de la gente también la inundan sentimientos contradictorios cuando escucha las palabras química o producto químico. Por una parte, ya sea de manera consciente o inconsciente, los productos de la química nos encantan. Por ejemplo, todos saltaríamos de gusto y de emoción si mañana nos anunciaran que ya se sintetizó un fármaco para curar el cáncer o que se desarrolló un medicamento que controla definitivamente el desarrollo del virus que provoca el sida. ¿Quién se atrevería a negar que la síntesis de antibióticos, analgésicos, tranquilizantes, y hasta del famoso Viagra, nos ha cambiado la vida? También es cierto que millones de personas se benefician cada día con el incremento en la producción de alimentos debido al uso de fertilizantes y plaguicidas desarrollados por los químicos. ¿Y qué decir de los plásticos, los colorantes, las pinturas, los cosméticos, los aditivos alimenticios, las cerámicas? A ver, ¿quién sería la o el valiente que estaría dispuesto a deshacerse de toda la ropa que esté fabricada con alguna fibra sintética o que ha sido sujeta a algún proceso químico? "Desde mañana, nada de poliéster, nailon, rayón o acrilán; nada de pantalones de mezclilla ni otras prendas coloridas de lana, seda o algodón". Sin embargo, también es cierto que el adjetivo "químico" o "química" nos asusta; para muchas personas es sinónimo de contaminante, dañino o perjudicial. Es también sinónimo de artificial, y hoy en día lo artificial está bastante desacreditado frente a lo natural. ¿Qué prefieres, una camiseta de poliéster o una de algodón? ¿Qué te tomas, un vaso con jugo de naranja o una CocaCola? De alguna manera lo químico se asocia con lo artificial y lo tóxico, como si las sustancias naturales no fueran sustancias químicas y como si todo lo natural fuera inofensivo.

Entre la realidad y la ignorancia

Los odios y terrores hacia lo que suena a química surgen principalmente de dos fuentes, sólo una de las cuales me parece justificada. Por un lado, hay que reconocer que durante muchos años la industria química mundial ha desarrollado su labor sin preocuparse demasiado por el impacto ecológico de sus actividades. En algunos casos se han privilegiado las ganancias económicas sobre la salud de la población vecina a una planta química; a veces se ha ocultado información sobre la posible toxicidad de un producto o sobre sus efectos secundarios. También ha sucedido que la prisa por poner a la venta un nuevo producto impida que se realicen todas las pruebas necesarias para determinar en qué condiciones es apropiado hacer uso de la sustancia. Sea como sea, cuando se trata de sustancias químicas las consecuencias del abuso, la negligencia y la avaricia son siempre desastrosas

Pero tampoco puede negarse que parte del miedo nace de la ignorancia. De la falta de una "cultura química" de la población en general que le ayude a evaluar las ventajas y las desventajas de usar tal o cual producto químico, que le permita distinguir razonadamente lo dañino de lo inofensivo y reconocer los alcances y las limitaciones del trabajo de los químicos. También es cierto que si todos reconociéramos la importancia de tener conocimientos básicos de química, estaríamos mejor preparados para impedir las acciones de aquellos que quieran abusar de los productos de la química o defend
rnos de ellas














La imagen pública de la química

Preocupados por esta situación, en la que la química se nos presenta como un ángel o como un demonio, y en la que la visión satánica lleva la ventaja, los profesionales de la química en todo el mundo —investigadores, maestros, técnicos, industriales— han desarrollado en los últimos años un gran esfuerzo por mejorar la imagen pública de esta ciencia. Así, se han realizado múltiples congresos, seminarios y pláticas informales para discutir el tema; en las escuelas se han modificado los programas de química para hacerlos más atractivos y hacer evidente la importancia de los productos y fenómenos químicos en la vida cotidiana; también se ha buscado comprometer a las grandes industrias químicas en la protección del ambiente. Como parte importante de estas acciones, a finales de 1998 se inició la "Celebración Internacional de la Química": una gran fiesta mundial con un año de duración (de noviembre de 1998 a noviembre de 1999), en la que se realizaron cientos de eventos y actividades en todo el mundo con el fin de motivar el interés de la gente por esta ciencia, así como establecer y fortalecer los vínculos y la comunicación entre todas las personas interesadas en la química alrededor del mundo.

En esta celebración participaron diversas organizaciones de más de 115 países, las cuales hicieron un esfuerzo extraordinario por hacer patentes las contribuciones de la química a la sociedad. En nuestro país, por ejemplo, la UNAM organizó dos eventos, la "Expo-Química 2000" y el "Tianguis de la Química", en los que los asistentes pudieron mancharse las manos realizando experimentos, participar en seminarios y conferencias, y acercarse a platicar con los científicos y los industriales expertos en esta disciplina. En otros lugares se publicaron libros y revistas especiales, se emitieron estampillas postales conmemorativas, se realizaron concursos populares sobre química y se rindió homenaje a muchos científicos cuyas contribuciones fueron fundamentales para el desarrollo de esta ciencia.

El pasado y el futuro de la química
Una éxito importante de la Celebración Internacional de la Química es que motivó la reflexión colectiva sobre el pasado, el presente y el futuro de la química. En este ya casi fin de milenio, la química es una ciencia muy distinta de las prácticas de los alquimistas de los siglos XV y XVI y seguramente tendrá poco que ver con lo que harán los químicos dentro de trescientos años. Sin embargo, de lo que los químicos hacemos ahora y de la manera en la que la sociedad evalúe y se comprometa con nuestras acciones sin duda dependerá lo que suceda con esta ciencia en el futuro.

Por alguna extraña razón, hay químicos a quienes les molesta hablar del pasado; lo consideran demasiado tormentoso y oscuro. A mí, la verdad, me fascina. Los químicos somos herederos de una tradición milenaria empeñada en develar el secreto de la transformación de las sustancias. Nuestros antepasados, los alquimistas, persiguieron por más de dos mil años el sueño de convertir el plomo en oro, pero no para hacerse ricos, sino para transformarse a si mismos, transformar al mundo y al Universo entero. Su empeño, aunque haya quien lo niegue, no fue infructuoso pues dio lugar al nacimiento de la química como ciencia.

La química moderna se consolidó a lo largo del siglo XIX y se benefició enormemente con el desarrollo de la teoría atómica a principios del siglo XX, de manera que alrededor de 1925 alcanzó su madurez y nos transformó para siempre el mundo. Sólo para dar una idea de cómo han cambiado las cosas en estos últimos doscientos años, baste decir que a principios de 1800 los químicos conocían, si acaso, unas 300 sustancias distintas y hoy se cuentan ya cerca de ¡19 millones! Además, en los últimos cincuenta años este número ha venido duplicándose en promedio cada trece años, de manera que si continúa esta tendencia para el año 2050 llegaremos a 300 millones de compuestos químicos diferentes y a 5 000 millones para el 2100. Basta con suponer que una pequeñísima fracción de estas sustancias tendrá alguna utilidad práctica para imaginar la diversidad de nuevos medicamentos y materiales que tendremos a la mano
La química es sin duda la mejor herramienta con la que hoy contamos para enfrentar lo que seguramente serán algunos de los grandes problemas del siglo XXI: la escasez de alimentos, la aparición de nuevas enfermedades, el agotamiento de las fuentes de energía convencionales y el deterioro del ambiente. En esta labor, sus alianzas con la biología y la física serán indispensables. El conocimiento de los fenómenos biológicos a nivel molecular permitirá, por ejemplo, realizar la síntesis de fármacos específicos para cada persona, de acuerdo a sus características genéticas particulares, y generar sustancias que controlen el funcionamiento de las células del cuerpo. La identificación de la estructura y propiedades químicas de los componentes del código genético de diversos seres vivos, incluidos los humanos, le abrirá la puerta a la reprogramación genética como vía para corregir defectos genéticos o para desarrollar cultivos más resistentes a las plagas o a la escasez de agua. Por otra parte, la comprensión de las propiedades físicas de las sustancias con base en su estructura atómica dará lugar al desarrollo de nuevos materiales, que sin duda revolucionarán áreas como la microelectrónica, los sistemas de almacenamiento y distribución de energía, y el control ambiental

 ACTUALMENTE SE CONOCEN CASI 19 MILLONES DE SUSTANCIAS DISTINTAS, PARA EL AÑO 2050 PODRÍAN SER 300 MILLONES

En el próximo milenio la química también tendrá que desarrollar las armas para conocer mejor a los monstruos de su presente y su pasado y enfrentarlos. Entre ellos se distinguen: la destrucción de la capa de ozono por la acción de agentes químicos generados por los seres humanos y el calentamiento global de la Tierra, al parecer inducido por el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera (resultado de la quema de combustibles como el petróleo, el gas natural y el carbón). También la esperan con las fauces abiertas los problemas de la alta concentración de ozono a nivel del suelo y la devastación generada por la lluvia ácida en las grandes ciudades, fenómenos provocados por las reacciones químicas que ocurren en el interior de los motores de combustión de nuestros medios de transporte

 Una población químicamente informada

Pero la batalla central se establecerá sin duda entre el ángel y el demonio. Los enormes beneficios y avances en nuestra calidad de vida debidos a los productos de la química siempre tendrán un costo: eso parece inevitable. El reto consiste en desarrollar procesos que maximicen los beneficios y reduzcan al mínimo el impacto sobre la salud y el ambiente. También se trata de contar con una población químicamente informada y educada, que pueda juzgar y tomar decisiones sobre los materiales y sustancias que quiere utilizar, el manejo de los desechos que genera y las consecuencias de usar tal o cual producto. Una población cuya voz tenga el peso y la influencia de la razón para evitar los abusos y la negligencia de los que no entiendan o se nieguen a entender. En fin, se trata de perseguir un milenio en el que la frase "…eso tiene química" no invoque a los demonios.












sábado, 15 de enero de 2011

La quimica del pelo

Lo que hay detrás de la apariencia
La fabricación y venta de cosméticos es uno de los negocios más redituables a nivel mundial. Cada año se gastan alrededor de setenta mil millones de dólares en productos de belleza. De esta cifra casi la mitad está destinada a cambiar la apariencia del pelo.

Desde la antigüedad los seres humanos hemos experimentado con el cabello: los asirios y los romanos, por ejemplo, lo rizaban con fierros calientes. Los egipcios usaban pesadas pelucas negras, y se han encontrado vestigios de henna en el cabello de algunas momias. Ese pigmento vegetal que se extrae de la planta de henna se sigue utilizando no sólo para teñir el pelo, sino también para estampar tatuajes temporales en la piel.

Más allá de la raíz

El pelo es una característica distintiva de los mamíferos —aun los delfines poseen unos cuantos de ellos debajo del hocico— y en muchos funciona como aislante; permite conservar el calor del cuerpo y lo protege de las radiaciones ultravioletas del Sol. En la mayoría de los mamíferos el pelo presenta mudas periódicas que se adaptan a los cambios climáticos; cada pelo crece por la acumulación de células muertas y proteínas, tarde o temprano se cae y es reemplazado por uno nuevo. Aunque en el ser humano las funciones vitales del pelo son casi nulas y predominan las de carácter psicológico y social, se conserva este ciclo. Al igual que las uñas, el pelo no tiene vida; está constituido por largas cadenas de proteínas, la más importante de las cuales es la queratina. Como todas las proteínas, la queratina está formada por la combinación de aminoácidos. En la queratina en particular predomina el aminoácido llamado cisteína, que posee un átomo de azufre. Las cadenas de queratina se acomodan de forma paralela, como los delgados hilos que forman un cable, y se mantienen unidas por medio de tres tipos de enlaces químicos:
• Puentes de hidrógeno, que se dan entre un átomo de hidrógeno y otro átomo muy electronegativo (que atrae fuertemente a los electrones), como el oxígeno.
• Puentes salinos entre un ácido y una base, que se dan por la atracción de dos sustancias con cargas eléctricas opuestas.
• Puentes disulfuro: enlaces covalentes entre los átomos de azufre de las cadenas vecinas.



El pelo emerge de unos sacos microscópicos o folículos que se encuentran en la dermis o capa interna de la piel. Cada hebra de pelo está formada por dos secciones concéntricas: la cutícula es la capa externa, sirve como protección y está formada de células muertas que se sobreponen como las tejas en un techo; el córtex constituye la capa interna, ahí se encuentran los pigmentos que dan color al pelo y la mayor parte de la queratina que le da forma.


Los enlaces de hidrógeno y los puentes salinos son enlaces débiles y las moléculas de agua pueden romperlos de forma temporal; es por eso que para acomodar una cabellera rebelde o probar un nuevo peinado, tenemos que humedecer el pelo. Con la humedad los puentes de hidrógeno y salinos se separan, posteriormente, al eliminarse el agua por evaporación, dichos enlaces vuelven a formarse, pero entre secciones diferentes de las fibras que forman el pelo, manteniéndolo tal y como deseamos. En cambio, los enlaces entre los átomos de azufre de la queratina son más fuertes y no se rompen por la sola presencia del agua. De hecho, la ubicación de estos enlaces es lo que determina la forma natural de nuestro cabello. Si los enlaces se dan de forma paralela y las cadenas proteínicas se mantienen alineadas, tendremos el cabello lacio; si la unión entre azufres se da de forma diagonal, las fibras de queratina forman una especie de espiral y el cabello será rizado. La forma en que se enlazan los átomos de azufre en la queratina es determinada por la información contenida en nuestros genes.




El sebo que secretan las glándulas sebáceas del cuero cabelludo es una sustancia grasosa que además de dar brillo a cada cabello, cubre su superficie o cutícula, evitando la pérdida de humedad interna. Sin embargo, el exceso de sebo atrae el polvo, lo que provoca que el pelo se vea sucio y opaco. El detergente de un buen champú, que actúa como agente limpiador, debe ser capaz de retirar el exceso de grasa dejando justo la necesaria para que el cabello no se deshidrate. Muchos anuncios de champús también destacan la importancia del pH (medida del grado de acidez o alcalinidad de una solución), pero ¿puede realmente el pH en el champú hacer que nuestro cabello esté más limpio, brillante y saludable? Si usamos en el cabello un champú ácido, con un pH menor que siete, tanto los enlaces de hidrógeno como los puentes salinos se rompen temporalmente, pero los enlaces disulfuro permanecen manteniendo la cutícula del pelo ordenada. Esto permite que la luz se refleje de manera uniforme y el pelo luzca brillante. Cuando el champú es ligeramente alcalino (pH de 8.5) los enlaces de azufre pueden romperse y la superficie externa del cabello se vuelve áspera. Esto impide que la luz se refleje uniformemente en ella; entonces el cabello se ve opaco. El uso frecuente de un champú alcalino causa daños por el continuo rompimiento de los puentes disulfuro y es la causa de las puntas separadas u orzuela.

Con un pH de 12 (sumamente alcalino) todo tipo de enlace se rompe y el cabello ¡se disuelve! Ésta es la base del funcionamiento de algunas cremas depiladoras que se encuentran en el mercado. El cabello tiene su resistencia máxima y luce más brillante a un pH de entre 4 y 6; he ahí el truco de las abuelas, que recomendaban el uso de limón o jitomate para acomodar el cabello y que éste se viera brillante, ya que ambos son un poco ácidos. El detergente contenido en la mayor parte de los champús deja el pelo ligeramente alcalino, por lo que se recomienda el uso de enjuagues y acondicionadores, productos que contienen ácidos débiles que permiten restablecer el pH del pelo a su intervalo normal, además de aceites que evitan la deshidratación y proporcionan mayor brillo.















Los enlaces de azufre entre las cadenas de queratina actúan como los peldaños de una escalera, manteniendo fija la estructura del cabello. El funcionamiento de los permanentes para rizar o alaciar el pelo se basa en la ruptura, la reorganización y la formación de nuevos enlaces disulfuro. La mayoría de los permanentes consiste en una loción rizadora o alaciadora y un agente neutralizador. La loción rizadora contiene hidróxido de amonio, que rompe la cutícula permitiendo que la solución penetre fácilmente, y tioglicolato de amonio, que rompe los enlaces disulfuro separando las cadenas de queratina. El desagradable y picante olor característico de los permanentes resulta de la combinación entre el olor del amoniaco y el olor a huevo podrido de los compuestos de azufre. Una vez separadas las cadenas proteicas, el pelo está listo para ser modificado: si lo que se quiere es rizarlo, se enrolla en los tubos de plástico para permanente, o se cepilla intensamente para alaciarlo. Una vez que la estructura del cabello se ha reorganizado es tiempo de revertir la reacción y formar otra vez los enlaces de azufre pero ahora en su nueva posición. Primero se retira el tioglicolato de amonio con agua y se aplica la solución neutralizadora, que no es otra cosa que peróxido de hidrógeno (agua oxigenada), el cual vuelve a formar los enlaces disulfuro entre las cadenas de queratina. Finalmente el cabello se enjuaga y al secarse se restablecen los enlaces de hidrógeno y los puentes salinos. El pelo vuelve a ser fuerte, pero ahora tiene una apariencia muy diferente gracias a la nueva posición de sus enlaces disulfuro. 


 





victimas de la moda Miguel Rubio Godoy

Las tendencias en el vestir y los ideales de belleza o atractivo que las sustentan pueden entrar en conflicto con nuestra salud. Aquí, una lista de lo que es mejor evitar y por qué.
Si hemos de creer en las teorías de Darwin en su versión contemporánea, nuestra apariencia es fundamental para lograr reproducirnos y así pasar los genes que portamos a la siguiente generación. De manera análoga al intrincado plumaje del pavorreal y la abundante melena del león, nuestros ropajes servirían de anuncio de nuestra salud y posición social. En buena parte del mundo animal, los machos son notoriamente más llamativos y discutiblemente más bellos que las hembras. Será mi condición de portador de un cromosoma Y, pero creo que en el caso del Homo sapiens la cosa es al contrario: las hembras de la especie humana no únicamente están dotadas de singular hermosura, sino que invierten mucho tiempo y recursos en incrementarla.

El propósito de este artículo es analizar cómo algunos de los cánones de la moda pueden ser nocivos para la salud. Enbeneficio de los escépticos, desde ahora advierto que mis argumentos provienen de la aséptica medicina, no de la ascética biología… Y reparto parejo a ambos géneros. Veamos una lista alfabética de algunas prendas que podrían ser peligrosas:


Brasieres
Los brasieres son un artefacto con el que las damas pretenden oponerse no a una sino a dos leyes de la física: al desafiar la gravedad intentan que el paso del tiempo se detenga o, cuando menos, se retrase. Pero imposibilidades teóricas aparte, un sostén de la talla incorrecta puede acarrear una letanía de malestares: dolor y quistes en los senos, dificultad para respirar, irritación de la piel y dolor de espalda. Entonces, ¿de dónde viene la idea de usar esta prenda? El brasier, sostén, corpiño o sujetador es un heredero directo del corsé. Esta infame prenda del siglo antepasado era definitivamente la responsable de los frecuentes desmayos de las damas que la portaban, pues se usaba tan apretado que impedía respirar adecuadamente —tal vez también sea parcialmente responsable de la caza de ballenas, pues en los días previos al plástico se usaban las barbas de los cetáceos como varillas para este implemento destinado simultáneamente a resaltar los senos y reducir la cintura—. En estos tiempos de miniaturización, digamos que los sostenes son la versión reducida de un corsé; y no sólo disminuyeron en talla sino también en peligrosidad, pues oprimen una porción menor del cuerpo femenino. Aun así, es cierto que cuando un sujetador o sostén no se limita ni a sujetar ni a sostener, sino más bien aprieta, puede dañar la salud. Todo en la vida es relativo, y la corsetería no es la excepción: la probabilidad de daño depende de la magnitud de la presión ejercida y las características de la prenda utilizada. La cuestión de la presión es evidente: un brasier debería sostener, no sojuzgar. En cuanto a su tipo, mientras menos complicado y más respetuoso de las sinuosidades naturales, mejor. Así, es más saludable una prenda con ajuste perfecto y pocos artilugios metálicos o plásticos destinados a exaltar los senos, pues estos aditamentos en general oprimen tejidos. A veces, el dolor de senos y espalda experimentado por algunas mujeres es simplemente consecuencia de la presión ejercida por el uso constante de un brasier demasiado constrictor. Aparte de malestar, la presión innecesaria y prolongada sobre los pechos puede provocar la aparición de quistes pues restringe el flujo de linfa. Hay numerosos conductos y nódulos linfáticos en las axilas, y abajo y entre los senos. Normalmente la linfa sirve para lavar los desechos y otros sustancias tóxicas. Los brasieres muy apretados llegan a inhibir este flujo lo que puede resultar en la acumulación de compuestos dañinos en el tejido mamario y, a su vez, conducir a la formación de quistes.

Calzones femeninos

Los calzones femeninos demasiado apretados también pueden causar problemas de salud. Aunque los indicios no son concluyentes, se estima que las prendas muy justas, particularmente las fabricadas con materiales sintéticos, no permiten una buena ventilación y fomentan un ambiente demasiado húmedo en la vagina y las ingles. En este invernadero privado crecen felizmente varios hongos como la Candida e infinidad de bacterias que no sólo pueden ocasionar comezón y otras molestias, sino que además pueden modificar la acidez vaginal, tornando a este órgano más susceptible a infecciones. En cuanto a las tangas o calzones de “hilo dental”, al estar cercanos al ano podrían facilitar el paso de bacterias fecales a la uretra y de ahí a la vejiga, con lo que aumenta el riesgo de desarrollar molestas infecciones como la cistitis. La recomendación médica es utilizar calzones de algodón de la talla adecuada

Corbatas

Una corbata demasiado apretada no sólo hace del sufrido portador un aprendiz de ahorcado, sino que en casos muy extremos podría provocar ceguera. Un estudio clínico reciente demostró que pocos minutos después de llevar una corbata desagradablemente ceñida, la presión intraocular de la víctima aumentaba de manera anormal. Se piensa que esto se debe a que la corbata oprime y constriñe la vena yugular, disminuyendo el volumen de sangre que regresa de la cabeza al corazón. Probablemente es el desequilibrio entre la cantidad de líquido que entra y el que sale lo que resulta en un incremento de la presión dentro del ojo —y el resto de la cabeza: ¿explicación de algunas jaquecas?—. Un exceso constante de presión intraocular puede dañar la retina y conducir al glaucoma, la causa más frecuente de pérdida irreversible de la vista a nivel mundial.
Pantalones

Suena raro, pero en nuestros días los pantalones son la prenda de vestir que con mayor frecuencia puede dañar nuestra salud: los ingleses tienen una extraña fascinación por las estadísticas, y un censo oficial reporta que en Gran Bretaña cada año unas 3 700 personas son atendidas en los nosocomios después de un encuentro cercano con un pantalón. Durante 1999, 530 hombres acudieron a los servicios de emergencia de algún hospital después de haber descubierto demasiado tarde que es preferible utilizar pantalones con botones que con cremallera. Indudablemente es bastante más inocuo un pellizco que descubrir que, en las prisas, nuestras partes pudendas pueden quedar dolorosamente atrapadas entre las fauces de un zíper…

Otras víctimas de la moda incluyeron a aquellos contusionados después de haber tropezado con las excesivamente anchas prendas en boga y, sobre todo, a los usuarios de los pantalones de “paracaidista”. La gran cantidad de tiras que cuelgan de este tipo de vestimenta hacen de su uso un asunto que a veces es casi tan peligroso como saltar de un avión: se han reportado infinidad de accidentes después de que las mentadas tiras quedaron atoradas en escaleras eléctricas, puertas de coches, trenes o elevadores.


Tatuajes y piercing

Los práctica de tatuarse tiene una larga historia y ha aparecido en diversas culturas. Hay evidencia de que los pictos, quienes habitaron las islas británicas durante la Edad de Bronce, utilizaban una planta emparentada con la mostaza para teñirse la piel: el arbusto llamado pastel (Isatis tinctoria). Por cierto, esta planta fue durante milenios la única fuente de colorante azul y ello le valió un importante papel en la historia del mundo, pero ésa es harina de otro costal.



Las diversas perforaciones corporales que hoy en día se podrían englobar bajo el término piercing en el mundo occidental también han sido muy comunes en otras sociedades y épocas: recordemos, por citar sólo unos cuantos casos, los “besotes” de los pueblos mesoamericanos, los anillos de madera empleados por distintas etnias africanas en los lóbulos de las orejas o los labios, o las incisiones autoinfligidas con distintos tipos de ganchos por los practicantes de algunas religiones (el cristianismo, entre otras) como muestra de fe.

Los tatuajes y el piercing implican afectar la integridad de la piel y la introducción de cuerpos ajenos al organismo, y por ello conllevan el riesgo de infecciones: éstas pueden variar desde pequeñas complicaciones locales hasta abscesos que requieren hospitalización, y claro, en estos tiempos, pueden ser una manera de contagiarse con virus que causan enfermedades serias como el VIH o el de la hepatitis C. Por lo tanto, si se decide añadir un tatuaje o un adorno metálico al organismo, hay que hacerlo con todas las precauciones: acudir a un especialista reconocido, cerciorarse de que todos los instrumentos necesarios hayan sido esterilizados y que se utilicen agujas estériles desechables para inyectar la tinta y perforar los tejidos antes de insertar el talismán elegido, etc. Y quizá obvie decirlo, pero también es necesario tomar en cuenta que los tatuajes se hacen al inyectar tinta en la capa dermal de la piel y por ello son permanentes: ¿realmente les gusta el motivo que quieren ponerse?, ¿y realmente les seguirá gustando en 30 años?
 





Los pantalones casi literalmente pegados a la cadera y favorecidos por las jóvenes que emulan a Britney Spears y otras estrellas (fugaces) también han despertado preocupación en el mundo médico. Se ha reportado que este tipo de prendas pueden ocasionar un problema semejante al síndrome del túnel carpal. Este síndrome ocurre cuando se oprime un nervio que va del antebrazo a la mano a través de un “túnel” en la muñeca. La base y las paredes de este túnel están formadas por hueso y un ligamento funge como tapa. El nervio comparte el túnel con los nueve ligamentos y tendones encargados de mover los dedos de la mano. Los tendones están recubiertos por una membrana lubricante llamada sinovio, que se puede inflamar y aumentar de tamaño en ciertas circunstancias. Todo esto es para explicar que cuando algunos movimientos repetitivos y forzados de la mano y la muñeca (por ejemplo, el uso excesivo del mouse de la computadora) ocasionan que se hinche el sinovio, de paso se comprime el nervio dentro del túnel. El apretujamiento nervioso resulta en una sensación de tener la mano “dormida”, hormigueo, debilidad y dolor. Pues bien, se ha reportado que cuando los ajustados pantalones en boga oprimen un nervio sensorial localizado en los huesos que forman la cadera, sus portadoras exhiben síntomas muy semejantes a los que acabo de describir: piernas adormiladas, hormigueo y una anormal sensación de calor. Por ello algunos galenos han formulado recomendaciones que no prometen ganarse la admiración de los gurús de la moda y sus seguidores: han tenido la osadía de proponer que los pantalones entallados a la cadera no son saludables para las mujeres rollizas y que, de hecho, sería recomendable regresar a la anticuada noción de los pantalones que llegan a la cintura y los vestidos holgados.
Trusas

Aquellos varones que pretendan ser padres debieran desechar sus trusas, jeans entallados y todo tipo de shorts deportivos que brinden soporte a sus partes nobles, y optar por los calzoncillos de “manga larga” o boxers, o mejor incluso, “irse por la libre”. Esto porque las vestimentas que aprietan demasiado los genitales masculinos pueden causar infertilidad.

Los testículos cuelgan en el escroto fuera del cuerpo del hombre porque necesitan estar un par de grados centígrados más fríos que éste para funcionar correctamente. Si se mantienen demasiado próximos al cuerpo, el exceso de temperatura hace que los testículos no produzcan normalmente ni espermatozoides ni la hormona masculina testosterona; dos condiciones que son causa común de infertilidad. Aparte de que esta íntima constricción es desagradable, hay cierta evidencia de que puede aumentar el riesgo de cáncer testicular. Dos datos curiosos al respecto: los campesinos rusos del siglo XVI empleaban unos muy ceñidos calzoncillos confeccionados con piel de oso como método anticonceptivo; y en África, la introducción europea de las sillas acercó a los pobladores locales a las usanzas occidentales pero alejó sus genitales del caliente suelo y se piensa que contribuyó a elevar la tasa de natalidad del continente.

Las trusas masculinas son un invento reciente. Antaño, los varones se abrochaban los extremos de las camisas en la entrepierna, y fue hasta 1932 que se inventaron las trusas para los jugadores de béisbol, mientras que los boxers aparecieron como parte del uniforme de los soldados de la Segunda Guerra Mundial.
Zapatos

Es curioso percatarse de que, a pesar de que la mayoría de las mujeres occidentales consideraría una barbaridad la antigua usanza china de amarrarse los pies para limitar su crecimiento, no chistan demasiado en montarse en un aparato de tortura semejante: los zapatos de tacón alto. Éstos lastiman o dañan los pies y deforman la columna vertebral. Al elevar la parte trasera del pie se cambia el centro de gravedad del cuerpo y esto se compensa al sacar las nalgas y proyectar el busto hacia el frente, lo que a la larga produce varios problemas: la aparición de callos y las deformaciones de los pies conocidas como “juanetes”, dolor de espalda y distorsión de la columna vertebral, así como acortamiento y excesiva tensión de la pantorrilla, lo que potencialmente afecta al arco del pie y a las rodillas. Obvia decir que entre más agudo el tacón, más agudo el problema.

Es justo decir que también los zapatos completamente planos pueden lastimar, pues no soportan el arco del pie: un grupo de tejidos conocidos como la fascia de la planta deben cargar todo el peso del cuerpo y al hacerlo se pueden dañar (en los debiluchos seres “civilizados” que nunca hemos aprendido a andar descalzos…). Los zapatos sin correa posterior, también conocidos como chanclas o sandalias según el grado de presunción, tampoco cuentan con el visto bueno de los podiatras y quiroprácticos, pues obligan al pie a —literalmente— agarrarse al caminar: los dedos de los pies intentan clavar las escasas o no tanto garras para evitar que el zapato salga volando.

Según los entendidos, es conveniente variar el tipo de zapato y la altura de los tacones de vez en cuando; y limitar la altura de los tacones a unos modestos cuatro centímetros. Y siempre y cuando se ventilen ocasionalmente para no convertirlos en fuentes ambulantes de hongos y efluvios malignos, los mejores zapatos son los deportivos, pues soportan bien al pie, absorben los golpes, tienen agujetas que no permiten que bailen (los zapatos, no los usuarios) y tienen un tacón bajo.

Persecución de la belleza


Repasando este catálogo de artilugios estoicamente sufridos en aras de la apariencia, salta a la vista que la mayoría comparte la característica de ejercer demasiada presión sobre alguna región anatómica. Podría pensarse que la incomodidad sería suficiente para evitar su uso… Pero basta recordar los cráneos voluntariamente deformados de los pueblos mesoamericanos, los diminutos pies de las mujeres chinas y los cuellos jirafescos a punta de insertarles anillos de algunas damas asiáticas y africanas para darse cuenta de que la persecución de la belleza es un estímulo cultural muy poderoso. Así pues, quisiera concluir “embelleciendo” (o sea apretando y deformando…) un par de refranes: está bien que uno se dé su manita de gato (para vencer en las lides de amor y con ello lograr pasar nuestros genes, etc.), pero recordando que “no por vestirnos de seda hay que quedar como monos”.
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Miguel Rubio Godoy obtuvo su licenciatura en investigación biomédica básica en la UNAM y el doctorado en la Universidad de Bristol, Inglaterra. Es investigador del Instituto de Ecología, A.C. y colaborador habitual de esta revista.

De goles a goles

Un gol es el pretexto para que el gran jugador brasileño Roberto Carlos platique con nosotros, a través de una entrevista imaginaria, sobre el principio de los fluidos que lleva el nombre de un científico suizo del siglo XVIII: Bernoulli.
HACE CUATRO AÑOS, pocos meses antes del inicio del mundial de fútbol celebrado en Francia, se enfrentaron en París, la Ciudad Luz, en un partido de preparación, las selecciones brasileña y francesa, preludio de lo que poco después sería la final de aquel campeonato. En ese juego previo, Roberto Carlos, todavía hoy jugador activo y defensa del Real Madrid, me regaló uno de los goles más sorprendentes que haya visto en partido alguno (y miren que tengo muchos en mi haber). Fue un tiro libre a pocos metros de la línea del área grande. El balón iba completamente desviado de la portería, lo supusimos todos desde que lo vimos salir de la prodigiosa pierna brasileña. Pero ese tiro era diferente. La pelota tomó una curva inesperada en el aire, semejante a una parábola acostada y se introdujo muy cerca del poste izquierdo de la portería, anotando un soberbio gol y dejando totalmente atónito y sin tiempo de reacción al guardameta galo. He visto tiros semejantes que terminan ya no digamos en saque de meta, sino en saque de manos de tan desviados que iban. Pero Roberto Carlos le aplicó al balón lo que en el argot llamamos un "chanfle", jugada que nunca he vuelto a ver en futbolista alguno.

Quiero imaginar que es el mismo defensa brasileño quien nos aclarará el por qué de la curva espectacular que tomó su tiro. He realizado una entrevista ficticia con él, en donde, con todo el gusto del mundo, nos platica de los fenómenos físicos que intervienen en el disparo que ejecutó. A continuación presento la charla (no se olviden de leer los comentarios de Roberto Carlos evocando ese hermoso acento que los brasileños dan a la lengua portuguesa).
AB
Si el balón es golpeado justo a la mitad, solamente se desplazará hacia el frente (A). Si el balón es golpeado cerca del centro, se desplazará hacia adelante, pero además con giro (B).
Manuel: Roberto Carlos, sin lugar a dudas aquel gol de hace cuatro años se nos quedó muy bien grabado en la cabeza a muchos amantes del fútbol.

Roberto Carlos: Gracias, aunque hubiera preferido anotarlo en la final.

M: Bueno, a veces no todo es posible.
RC: Cuatro meses después de aquel gol perdimos 3 a 0 contra los franceses, y se nos escapó lo que hubiera sido nuestro quinto campeonato mundial.
M: Ni hablar, ya viene el de Corea-Japón, buena oportunidad para intentarlo de nuevo.
RC: Esperemos que ahora sí se nos dé.
M: Ojalá. Volviendo a tu gol, ¿podrías platicarnos un poco de cómo golpeaste ese balón para que tomara una curva tan cerrada?
RC: Por supuesto. Antes que nada uno debe de tener buena pierna para pegarle lo más fuerte posible.
M: ¿Qué velocidad es la apropiada?
RC: Si se es principiante basta con darle a 70 u 80 kilómetros por hora para que se logre apreciar un pequeña curva.
M: ¿Y a qué velocidad golpean los balones profesionales como tú?
RC:Generalmente cuando la prendemos bien, sobrepasamos los 150 kilómetros por hora.
M: ¡Vaya diferencia!
RC: Sí, a esas velocidades es más notoria la curva. Aunque eso no es todo.
M: ¿Qué más hace falta?
RC: Conseguir que gire el balón.
M: Ah, no solamente es lanzado muy fuerte hacia adelante, también se le imprime giro.
RC: Exactamente, y el giro se consigue golpeando a unos cuantos centímetros del centro de la pelota.
M: Cierto, porque si golpeas justo en el centro, el balón no gira.
RC: Sólo avanza, en ese caso, hacia adelante. Pero si le pegas a un lado del centro, unos cuantos centímetros nada más, avanza girando.
M: Está claro. Para que un balón tome un "chanfle" considerable debe ser golpeado con mucha fuerza y con giro.
RC: Justamente, aunque todavía no explicamos gran cosa.
M: Continúa, escuchamos.
RC: Vamos por partes. Primero, imagina una pelota que solamente gire sobre un eje que pase por su centro y que no se desplace; ésta produce un remolino de aire alrededor suyo.
M: Suena lógico, porque la superficie del balón arrastra al aire que la circunda.
RC: Sí, y ese remolino se mueve en la misma dirección que el giro del balón.
M: Así es.
RC: Pero ya quedamos que los balones que llevan "chanfle" no solamente giran, también avanzan hacia adelante.
M: También, ya nos dijiste.
RC: Y por moverse para adelante sopla un viento en dirección contraria.
M: Ahhh, algo similar a sacar una mano de un automóvil en movimiento: el auto avanza hacia adelante y el aire de afuera "pega fuerte" hacia atrás.
RC: Eso es. Entonces ya tenemos una clave. Se producen dos corrientes de aire en un balón que viaja con "chanfle": la primera, un remolino por el giro y, la segunda, un viento en contra por su desplazamiento hacia adelante.
M: Ajá, eso es.
RC: Es muy importante lo que acabamos de descubrir, porque tiene que ver directamente con lo que nos interesa. Una consecuencia importante de lo anterior, es que en distintos puntos del balón el viento lleva velocidades diferentes.
ABC
A un balón que se desplaza con giro se le pueden asociar dos movimientos del aire: un remolino alrededor suyo (A) y otro en sentido contrario a su desplazamiento (B). Al sumar las velocidades de las corrientes de aire, en un extremo del balón casi se anulan y en el otro se suman, incrementando la velocidad (C).
M: Cierto, en algunos puntos se suma el viento del remolino con el viento del desplazamiento.
RC: Y en otros puntos se resta.
M: Muy bien, muy bien, interesante, ¿eso qué tiene que ver?
RC: Complementemos todo lo que hemos dicho hasta ahora con otra idea que aparentemente no tiene mucho que ver.
M: Dinos.
RC: ¿El aire pesa?
M: Claro que pesa, de lo contrario ya se hubiera escapado de la Tierra. Nuestro planeta atrae el aire, como a todos nosotros; esa atracción se traduce como peso.
RC: El aire pesa como bien dices, y ese peso aprisiona a todos los cuerpos que se encuentran sumergidos en él.
M: ¿Nos dices que todos los cuerpos que se encuentran en la superficie de la Tierra sostienen el peso del aire?
RC: Así es, aunque las personas no lo apreciamos porque tenemos una presión interna, en cada una de nuestras células, que contrarresta la presión por el peso del aire.
M: Entonces lo extraño sería que no soportáramos la presión por el peso del aire.
RC: Claro, lo normal es que las presiones sean iguales, la interna y la externa, así vivimos felices y contentos.
M: Muy bien, si entiendo esto último, nos has dicho que todos los cuerpos que se encuentran "sumergidos" en el aire, es decir en la atmósfera, soportan una cierta presión por el peso de éste.
RC: Justamente lo que denominamos presión atmosférica. ¿Vamos bien?
M: Vamos bien.
RC: Pero, algo curioso, la presión atmosférica se ejerce en todas direcciones: de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, de derecha a izquierda... etc.
M: ¿Cómo?, uno esperaría que solamente se ejerza de arriba hacia abajo. En esa dirección se siente el peso de los cuerpos.
RC: De casi todos los cuerpos, porque estamos acostumbrados a sostener solamente objetos sólidos, pero nuestra atmósfera es un gas.
M: ¿Y?

RC: Los gases, al igual que los líquidos, son fluidos y los fluidos se "desparraman".
M: No entiendo.
RC: ¿Al recargarte en la pared de la planta baja de un edificio de 20 pisos, tu hombro resiente la presión de todo el peso de la estructura?
M: Claro que no, es demasiado peso para que lo resienta. Se notaría inmediatamente.
RC: Es obvio que no, porque la pared se queda siempre en su lugar, es sólida. Pero, ¿qué sucedería si de alguna manera esa pared se convirtiera en agua?
M: Me arrastraría.
RC: Claro. Porque el líquido se desparrama, entonces la presión sobre el hombro que habías recargado en la pared es tanta que sales disparado. Y en este caso la presión se ejerce solamente sobre uno de los lados de tu cuerpo, aunque el peso del líquido siga siendo hacia abajo.
M: Parece que está más claro. Si entiendo bien, debido a que los líquidos y los gases se desparraman, ejercen presiones en todas direcciones y no únicamente de arriba hacia abajo.
RC: Ahora bien, ¿por qué causas crees que pueda disminuir la presión atmosférica?
M: Me imagino que depende de la altura a la que nos encontremos.
AB
La fuerza que ejerce la presión atmosférica en un extremo de un balón con "chanfle" es mayor que en el otro, debido a que las velocidades del viento son diferentes (A). De esta manera, la trayectoria del balón será desviada de la línea recta, curvándose en todo momento (B).
RC: Eso es, en una montaña alta la presión es menor que a nivel del mar.
M: En el primer caso la cantidad de aire que se encuentra por encima de nosotros y debemos sostener es menor que en el segundo caso.
RC: Cierto. Pero otra posibilidad que existe para modificar el valor de la presión atmosférica es el movimiento del aire.
M: A ver, a ver, ¿tratas de decirnos que una corriente de aire tiene diferente presión que el aire en reposo?
RC: Precisamente, aunque se encuentren a la misma altura. Siempre que el aire se mueve, la presión atmosférica disminuye.
M: ¿Y entre más rápido se mueva disminuye cada vez más?
RC: Así es, ¿tienes idea por qué?
M: No muy bien. En el caso de las alturas si es fácil de ver, entre más aire cargo, más presión existe, pero en el caso del movimiento del aire, no tanto.
RC: Fíjate bien por qué: la presión, a final de cuentas, es el golpeteo de las moléculas que componen a un cuerpo sobre otro. En el caso de la atmósfera, lo que sentimos es el golpeteo de las moléculas del aire sobre nosotros.
M: Entre mayor golpeteo exista de las moléculas del aire, mayor es la presión.
RC: Cierto. Pero cuando el aire se mueve, las moléculas se desplazan preferentemente en una sola dirección, y ya no afectan tanto al cuerpo que aprisionan.


El Principio de Bernoulli establece que donde la velocidad de un fluido es alta, su presión es baja, y donde la velocidad es baja, su presión es alta. Una aplicación práctica de este principio la encontramos en la forma curva de las alas de los aviones. La forma de éstas no es igual arriba y abajo.

Corte transversal del ala de un avión. Se observa la trayectoria del aire durante el vuelo.
Por la parte superior del ala (curva), el aire debe recorrer mayor distancia, ya que es más largo el camino que en la parte inferior (recta). Por lo tanto, la velocidad del viento debe ser mayor arriba que abajo. Esto tiene como consecuencia que el ala "sienta" más presión del aire por abajo que por arriba, lo que permite que el avión se suspenda en el aire, contrarrestando la fuerza de gravedad que haría que se cayera




M: Por lo que entiendo, nos quieres decir que las moléculas del aire en reposo golpean sin "distracción" a todos los cuerpos para producir presión.
RC: Sí, pero si el aire se mueve, sus moléculas "olvidan" un poco el golpeteo sobre los cuerpos para desplazarse en una sola dirección.
M: Ahh, parece que todo embona perfectamente.
RC: Di lo que estás pensando. Hay que complementar las ideas que ya hemos manejado.
M: Como ambas velocidades en los extremos del balón son diferentes, las presiones también lo son. Entonces la presión mayor "gana" y empuja en todo momento, produciendo la curva que observamos.
RC: ¡Perfecto!, eso es justamente el "chanfle". Resumiendo todo lo anterior, para que quede completamente claro: es la presión por el peso del aire lo que empuja a la pelota por un lado, cuando ésta viaja con giro, ya que las velocidades del aire en ambos extremos son diferentes.
M: Ni hablar, se nos ha pasado rápidamente el tiempo. Fue muy grato platicar contigo, agradecemos también tu tiempo. Esperamos este mundial muchos de los goles que sólo tú sabes hacer.
RC: Se hará el intento. Muchas gracias a ustedes.


la aterradora liberacion del átomo

Horacio García Fernández
¿Por qué has de matar? -replicó el pescador-. Acabo
de ponerte en libertad. ¿Ya lo has olvidado?
(Historia del pescador y el genio, Las mil y una noches X).

AMANECER del 16 de julio de 1945 en un lugar del desierto de Nuevo México, Estados Unidos. La noche había transcurrido bajo el signo de la cólera de los dioses: tormenta de rayos y terroríficos truenos, lluvia, humedad en los huesos de los mortales que habían planeado poner a prueba su propio poder sobre los todavía desconocidos poderes de la intimidad de la naturaleza. Los observadores científicos, técnicos y militares esperaron, varias veces a lo largo de aquella noche, la orden que suspendería la prueba planeada. Esa orden no llegó. En la madrugada de ese día, la decisión fue seguir adelante, efectuar lo proyectado. A las 4:00 horas, momento previamente fijado para la prueba, Kenneth T. Bainbridge, Robert Oppenheimer y el general Leslie S. Groves, decidieron esperar a que mejorara el tiempo y aplazaron la prueba hasta las 5:30, último instante anterior a aquél en que la luz del amanecer impediría hacer todas las observaciones previstas.

Como en un altar

Originalmente se había pensado realizar la experiencia el 13 de julio, pero las condiciones atmosféricas lo impidieron. La presión que desde Potsdam ejercía el presidente Truman para cumplir lo planeado era insostenible; en consecuencia, en esa madrugada del 16 de julio se decidió no volver a suspender la prueba. Las condiciones políticas se imponían. El presidente necesitaba conocer los resultados durante su estancia en Potsdam, pues de ellos dependería su actitud en la conferencia frente a los jefes de los Estados aliados.
A las 4:45 horas, Bainbridge, el físico que coordinaba la prueba, recibió noticias del servicio de meteorología: las condiciones atmosféricas estaban mejorando. Desde la base de la torre de metal en cuya cúspide estaba la bomba, como ofrenda en el altar de los dioses, Bainbridge llamó a la cabaña de control ubicada a nueve kilómetros del punto cero.
—Prepárense para efectuar el disparo. Háganlo a las 5:30 horas. Repito: 5:30. ¿Entendido? ¡No fallen!
—Afirmativo. 5:30 horas. ¡Preparados!
Poco después de las 5:00 horas se quitó la cubierta protectora del conmutador de disparo y comenzó la cuenta regresiva.
Partida de póker... político
En Potsdam, a 27 kilómetros de Berlín, Harry S. Truman se vestía para la cena a la que concurriría esa noche. Estaba muy preocupado. Había planeado llegar a la partida de póker político, que iba a jugar con Stalin y Churchill, con un as escondido bajo su manga. ¿Qué estaba ocurriendo? Miró su reloj: eran las 18:30 horas y la noticia no llegaba.
En ese momento, en el lugar llamado en clave Trinidad, el general Groves, director del Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era la elaboración de bombas atómicas con las que se esperaba lograr la rendición de Japón y que Estados Unidos saliera de la segunda Guerra Mundial en posición hegemónica respecto a todos los demás aliados vencedores, se dirigió a su puesto de observación, situado a 16 kilómetros del punto cero. Lo acompañaba Robert Oppenheimer, responsable del equipo de investigadores y técnicos que habían diseñado y elaborado la bomba de
uranio que se iba a probar en aquel momento.
En la cabaña desde la que observarían se encontraban otros personajes, invitados para enriquecer la prueba con sus opiniones, entre ellos Enrico Fermi y Emilio Segré, dos de los más destacados investigadores italianos, ya ciudadanos estadounidenses incorporados al Proyecto Manhattan.
—Hora cero menos cinco minutos— sonó en el micrófono la voz de Samuel Allison, físico de la Universidad de Chicago.
En la cabaña de control, congestionada por la cantidad de personas que allí se encontraban, Donald Hornig, joven físico responsable del interruptor capaz de detener la prueba en caso de error o de problemas inesperados, sufría la mayor tensión de su vida vigilando el descenso de la aguja hacia cero. Su mirada no se apartaba del reloj y su mano sudaba contra el interruptor.
—... Tres... Dos... Uno... ¡Cero!
Se iluminó el desierto
George Kistiakowsky, físico que compartía con Bainbridge la supervisión de la prueba, había salido de la cabaña de control para observar la explosión desde afuera, ya que no creía que, a la distancia en que se encontraba, pudiera sufrir algún daño. De repente, una luz intensísima iluminó el desierto y las montañas situadas a 15 kilómetros alrededor. Kistiakowsky se quedó medio ciego.
Hornig, que había salido para acompañarlo, contempló la bola de fuego que subía creando nubes de cambiantes colores, que se oscurecían en algunas partes y estallaban originando nuevas luces, a la vez que se ensanchaban a medida que ascendían.
En la caseta de observación más alejada, donde se encontraban Oppenheimer y Groves, Fermi y Segré habían salido de la cabaña para colocarse acostados en el suelo, en sentido contrario a la onda de choque que esperaban se originara desde el punto cero. Cuando surgió el fogonazo, abrumadoramente brillante, iluminando los confines del desierto, Segré se conmovió. Por un instante una idea terrorífica surgió en su cerebro: "¡Se ha incendiado la atmósfera. Esto acabará con la Tierra!", aunque sabía que era imposible, dados los márgenes de seguridad calculados.
A su lado, Enrico Fermi se había puesto de pie para medir la intensidad de la explosión. Segré lo vio colocar una de sus manos en dirección a la onda de choque que no tardaría en llegar. En la palma tenía unos pequeños trozos de papel, que fueron arrojados a diferentes distancias por la onda esperada. Usando su reloj y midiendo las distancias a las que habían sido arrastrados los papeles, Fermi procedió a efectuar un rápido recuento auxiliado por su regla de cálculo. Según sus resultados, la explosión había sido equivalente a la que se daría si explotasen simultáneamente dos mil toneladas de trinitrotolueno, comúnmente llamado TNT. Este cálculo fue el más exacto de todos los que se hicieron.
La noticia que esperaba ansiosamente el presidente Truman llegó a Potsdam. Eran las 19:30 horas locales y estaba por salir de la suntuosa suite que ocupaba, para asistir a la cena previa a la apertura de la conferencia entre los llamados tres grandes, que tendría lugar al día siguiente. Como demostraría la historia más adelante, los tres grandes no lo eran tanto, pero en aquel momento eran los representantes de los tres gobiernos aliados vencedores de la contienda mundial: José Stalin, de la U.R.S.S., Harry S. Truman, de Estados Unidos y Winston Churchill, de Inglaterra.
Al ver entrar al sonriente Truman al salón, Stalin habló al oído de su ministro de Asuntos Exteriores, Viacheslav Mijailovich Molotov:
-Su sonrisa es más amplia que de costumbre. ¿Qué se traerá entre manos?








La bomba atómica se basa en la fisión del uranio 235 (un isótopo del uranio) y en la reacción en cadena de los núcleos de ese elemento que conforman su masa crítica; es decir, la mínima cantidad del mismo que se necesita para producir dicha reacción. Determinar la masa crítica llevó casi tres años de investigación dentro del proyecto Manhattan. A diferencia de lo que ocurre en la pila o reactor nuclear, en la bomba no se controla la reacción en cadena. La fisión consiste en la división de un núcleo pesado, en este caso del uranio 235, en dos diferentes de menor masa, como pueden ser el de bario o el de kriptón. Los 92 protones originales del uranio se distribuyen quedando 56 en el núcleo del bario así formado y 36 en el otro núcleo, el de kriptón. La división violenta del núcleo de uranio en dos núcleos menores se provoca por el impacto de un neutrón o de una partícula alfa que se hace chocar contra el núcleo de uranio. Al comparar la masa del núcleo original con la masa de los dos núcleos producidos, se observa que la masa de los productos es menor a la original. Esto significa que se produce una pérdida o defecto de masa, que en realidad no se pierde sino que se transforma en energía, de acuerdo con la ecuación de Einstein E = mc 2. La energía se libera en forma de calor y luz fundamentalmente.
La fisión provoca, además, la emisión de algunos neutrones que son proyectados a gran velocidad, dotados de alta energía cinética, al medio circundante. Si en este medio encuentran a su paso otros núcleos de uranio 235, provocan la fisión de éstos, lo que incrementa la cantidad de energía liberada a consecuencia de los nuevos defectos de masa. Cuando la masa del uranio 235 tiene un cierto valor mínimo para que se propague en ella la fisión, multiplicándose la energía total desprendida, se dice que esa masa de uranio es una masa crítica y que en ella se desata la reacción en cadena. Si la masa del material fisionable es menor a la crítica, muchos de los neutrones liberados no encuentran con qué chocar y escapan sin producir nuevas fisiones al espacio circundante. No se produce la reacción en cadena.
Durante el vuelo del avión que la transporta, la bomba no traslada en su interior la masa crítica; si así fuera estallaría antes de instalarla. Por lo tanto, la masa crítica debe constituirse mientras la bomba desciende en el aire sobre su objetivo. Para lograrlo, la masa crítica se separa en dos partes semicríticas dentro de la bomba ya que cada una de esas masas no puede sostener la reacción en cadena por separado. Para que se unan formando la masa crítica y se desate el efecto explosivo, se dispone un detonador barométrico, dotado de una superficie expuesta al aire atmosférico, que penetra al interior de la bomba por una abertura o ventana abierta al exterior.
A medida que la bomba se acerca a la superficie terrestre, aumenta la presión atmosférica del aire exterior. A determinada altura, esta presión es suficiente para empujar hacia abajo la superficie del detonador. Por debajo de ésta, el aparato se prolonga por medio de un estrecho cilindro metálico cuyo extremo final se encuentra inmerso en un explosivo llamado de aproximación. El conjunto podría ser comparado con un émbolo terminado casi en punta.
Cuando la presión atmosférica empuja hacia abajo la superficie del detonador, el efecto se traslada hacia la punta en contacto con el explosivo y la energía así comunicada hace estallar dicho explosivo, el cual a su vez está en contacto con una de las masas semicríticas y la empuja hacia otra situada un poco más abajo.
Al juntarse las dos masas semicríticas se alcanza la masa crítica, se desata la reacción en cadena sin control y se produce la explosión atómica final que libera enorme cantidad de energía. La energía liberada en el centro de explosión de una bomba nuclear puede producir temperaturas de varios millones de grados centígrados comparables con las que encontramos en el interior del Sol.

 

ondas de espacio ondas de tiempo

SI TODO SALE BIEN, PRONTO CONOCEREMOS
OTRO GRAN DESCUBRIMIENTO DE LA FÍSICA, Y DARÁ INICIO UNA NUEVA ERA EN LA ASTRONOMÍA.
Livingston es un conjunto de casas en medio de una zona boscosa, en la región más pobre del sureste de Estados Unidos. El poblado se encuentra a unos 50 kilómetros de la ciudad de Baton Rouge, capital del estado de Louisiana. En los últimos años, Livingston se ha convertido en un sitio de gran importancia para el estudio de la física fundamental. La razón se encuentra a unos minutos de camino. En medio del bosque se levanta una impresionante estructura de concreto, con un edificio central y dos largos túneles que se extienden cuatro kilómetros en direcciones perpendiculares. Las paredes de uno de los túneles están en parte decoradas por dibujos de niños que vienen en paseos escolares a visitar el lugar, si bien aún queda mucho espacio por dibujar. Dentro de los túneles se encuentran grandes tubos al vacío con espejos en cada extremo, donde la luz de potentes rayos láser rebota continuamente. La estructura es una nueva clase de observatorio astronómico dedicado no a la detección de radiación electromagnética (ondas de radio, rayos infrarrojos, luz visible, rayos ultravioleta, rayos gama y rayos X), sino de un tipo mucho más extraño de señales provenientes del espacio: las ondas gravitacionales.



El observatorio de Livingston es uno de dos observatorios gemelos que forman parte del proyecto LIGO, por Large Interferometric Gravitational-Wave Observatory, gran observatorio interferométrico de ondas gravitacionales. El segundo observatorio se encuentra del otro lado de los Estados Unidos, en Hanford, estado de Washington, al noroeste del país. Hanford es conocido por ser el lugar en el que, en los años 40, como parte del proyecto Manhattan, se construyeron los reactores nucleares que produjeron el plutonio necesario para las primeras bombas atómicas.

El proyecto LIGO forma parte de un esfuerzo mundial que incluye al observatorio VIRGO construido cerca de Pisa, en Italia, al observatorio GEO-600, situado cerca de Hannover, Alemania, y al observatorio TAMA, en Tokio, Japón. En esta red de observatorios se encuentran las esperanzas de cientos de científicos, que tras casi un siglo de expectativas esperan con ansiedad la primera detección de las ondas gravitacionales.

Pero vamos muy rápido. Todavía no hemos dicho qué son las ondas gravitacionales. Para entenderlas debemos echar el reloj hacia atrás y empezar como todo buen cuento: “Había una vez, hace muchos pero muchos años...”

Acción a distanciaNuestro cuento tiene varios héroes, algunos muy antiguos que confundieron mucho las cosas, otros menos antiguos que las arreglaron, y unos muy recientes que las llevaron por caminos nobles y a veces hasta trágicos. El cuento comienza con una simple pregunta: ¿qué es la gravedad? La respuesta simple es que la gravedad es esa fuerza que hace que vivamos pegados al piso, que nos duela mucho cada vez que nos caemos y que tengamos pesadillas cuando nos subimos a un avión. Pero, ¿cómo funciona la fuerza de gravedad y de dónde sale?




Es costumbre trillada en la historia de la física remontarse a los antiguos griegos, y con buena razón. Los antiguos griegos fueron los primeros en intentar entender el mundo de manera racional. En este caso, el antiguo griego en cuestión es nada menos que Aristóteles, quien tenía mucho que decir sobre temas filosóficos, pero a quien además también le daba por la física. Pero la física al estilo de los griegos antiguos, por supuesto: nada de hacer experimentos (se ensucia uno las manos) ni cosas por el estilo. No, la física de sentarse en un buen sillón a pensar en leyes universales que lo expliquen todo de forma lógicamente coherente, con palabras sencillas. Pues bien, Aristóteles explicaba la gravedad como la tendencia de todos los cuerpos a ocupar su “lugar natural”. Los “cuatro elementos” de que se suponía que estaba compuesto todo (tierra, agua, aire y fuego) se acomodaban tan cerca del centro de la Tierra como podían, de acuerdo a su densidad: la tierra hasta abajo, luego el agua, el aire, y hasta arriba el fuego. En la teoría aristotélica de la gravedad las cosas caían más rápido mientras más pesadas fueran (todos hemos visto a una pluma caer mucho más lento que una piedra). Pero el cielo era otra cosa: ahí todo estaba hecho de un material distinto, un quinto elemento, o “quintaesencia”, eterno e inmutable, del que estaban formados el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas, y cuyo lugar natural era allá arriba y no abajo.

La explicación de Aristóteles funcionaba bien mientras uno no exigiera mucho detalle, y sobrevivió así muchos siglos. Pero la cosa cambió hacia fines del siglo XVI, cuando la gente empezó a interesarse en cómo apuntar cañones para atinarle a las murallas de la ciudad enemiga y cosas así. Para esto había que hacer números. Fue en esta época cuando apareció el segundo de nuestros héroes. Se llamaba Galileo Galilei y vivía en Pisa. La leyenda dice que a Galileo le daba por medir el tiempo de oscilación de las lámparas de la iglesia con su pulso (en lugar de poner atención a la misa), y también por dejar caer cosas desde la famosa torre inclinada. El hecho es que Galileo pertenecía a una generación en que los científicos ya no tenían miedo de ensuciarse las manos y comenzaban a hacer experimentos para aprender de la naturaleza. Galileo experimentaba dejando caer esferas de distintos pesos por rampas y midiendo el tiempo que les tomaba caer. Haciendo esto logró mostrar que no era cierto que cuanto más pesado es un objeto más rápido cae. Si uno eliminaba la fricción lo más posible, todos los objetos caían al mismo tiempo, aunque no pesaran lo mismo. Una pluma tarda mucho en caer no por ser muy ligera, sino porque la combinación de su forma y su peso la hacen muy susceptible a la fricción del aire. En un tubo donde se ha hecho el vacío una pluma cae igual de rápido que una piedra.

A fines del siglo XVII entra el siguiente héroe de la historia, por quien deben de pasar todos los buenos cuentos de física: Isaac Newton. Este personaje también está rodeado de leyendas. Se dice que a Newton se le ocurrió la ley de la gravitación cuando le cayó una manzana en la cabeza. Newton dio un paso gigantesco al darse cuenta de que la fuerza de gravedad que hace que los objetos (manzanas entre otros) caigan a la Tierra es exactamente la misma que mantiene a la Luna dándole vueltas a la Tierra, y a la Tierra y los demás planetas dándole vueltas al Sol. Es decir, no es cierto eso de que los objetos celestes obedecen leyes físicas diferentes.

Newton desarrolló una fórmula matemática, conocida como ley de la gravitación universal, que permitía explicar no sólo la caída de los objetos en la Tierra (manzanas y balas de cañón por igual), sino también las órbitas de los planetas. Por si fuera poco, la fórmula daba como resultado automático las leyes de Kepler del movimiento de los planetas, que habían sido descubiertas medio siglo antes (por Johannes Kepler, por supuesto) a partir de observaciones muy precisas de la posición de los planetas en el cielo. Por ejemplo, Kepler demostró que los planetas se movían alrededor del Sol en elipses y no en círculos. Pues bien, la ley de la gravitación de Newton implicaba estas elipses en forma natural.

Newton había encontrado una manera de describir el comportamiento de la gravedad considerándola como una fuerza que actúa entre cualesquiera dos objetos con masa. Pero nadie entendía cómo se propagaba la fuerza de un objeto a otro. A Newton le criticaron mucho que su fuerza de gravedad actuara misteriosamente a distancia a través del espacio vacío. Newton tampoco estaba contento con la idea de “acción a distancia”, como él mismo la llamaba, pero reconocía que era la única hipótesis que podía hacerse con los conocimientos de su época.
Maxwell y la velocidad de la luz

La acción a distancia permaneció como un mal necesario en la física hasta el siglo XIX, cuando científicos como Coulomb, Ampère y Faraday se pusieron a estudiar las leyes de la electricidad y el magnetismo, que en principio nada tenían que ver con la gravedad. Hacia mediados del siglo, James C. Maxwell reunió las leyes existentes de la electricidad y el magnetismo en un conjunto de ecuaciones matemáticas hoy conocidas como ecuaciones de Maxwell, en las que la electricidad y el magnetismo resultaban ser manifestaciones distintas de un mismo fenómeno: el electromagnetismo.


Curvatura del espacio. En la teoría de la gravitación compatible con la relatividad, la gravedad deja de ser una fuerza a distancia, y se convierte en una distorsión del espacio y el tiempo (“curvatura”) que altera el movimiento de los objetos inmersos en éste.


Las leyes de Maxwell predecían, entre otras cosas, que el campo electromagnético podía propagarse a través del espacio en forma de ondas. Estas ondas electromagnéticas viajaban a una velocidad universal, que resultaba ser una combinación de constantes físicas bien conocidas. Pues bien, al calcular el valor de esta velocidad Maxwell encontró que era de aproximadamente 300 mil kilómetros por segundo. Para esa época ya se sabía que la luz se propagaba justamente a esa velocidad. Maxwell dio un enorme salto (mental claro está, no sabemos si también brincó de gusto, aunque no era para menos) y postuló que la luz debía ser una onda electromagnética.

Hoy sabemos que Maxwell estaba en lo cierto. Las ondas electromagnéticas vienen en muchas variedades dependiendo de su frecuencia (la frecuencia es el número de veces que una onda oscila en un segundo): desde las ondas de radio y las microondas (las del horno), pasando por la luz infrarroja, la luz visible y los rayos ultravioleta, hasta llegar a los rayos X y los rayos gamma (del consultorio del dentista y las bombas atómicas, respectivamente). La existencia de las ondas electromagnéticas mostraba por primera vez que la acción a distancia podía consistir de un campo de energía que se propagaba por el espacio a cierta velocidad. Quedaba la pregunta de qué era lo que vibraba al propagarse estas ondas, pregunta que dio lugar a muchos debates sobre la existencia de una sustancia llamada “éter” que debía existir en todo el espacio. Pero no entremos a ese tema que nos desviamos, en otra ocasión será.

La teoría electromagnética de Max-well daba lugar a la siguiente pregunta: ¿podía la gravedad ser como el electromagnetismo y consistir en un campo de energía que se propaga a cierta velocidad?

¿fraude en la luna? mi amigo el escéptico

De niño creía en los ovnis. Como sabía pocas cosas, casi todo me parecía posible. “Todo cabe en el desconocimiento”, dice un personaje de una novela del escritor español Javier Marías.

Era emocionante creer que cualquier noche podía bajar del cielo un vehículo espacial extraterrestre repleto de alienígenas amigables. Igual que los europeos de la edad media, que pensaban que el día del Juicio Final era inminente, a mí me parecía que el día del contacto con una civilización extraterrestre estaba a la vuelta de la esquina y esto me tenía en perpetua expectativa.

Con el tiempo, y como los extraterrestres se tardaban en aparecer, fui entendiendo las dificultades que aguardaban a cualquier civilización extraterrestre que quisiera ponerse en contacto con nosotros, sobre todo si lo que pretendían era visitarnos. Ya estaba claro que en el Sistema Solar no había más civilización que las de la Tierra. Los visitantes tendrían que venir de otras estrellas. Pero hasta la estrella más cercana al Sol está lejísimos, y quién sabe si tendrá planetas siquiera. Que hubiera vida en algún otro lugar del interminable cosmos era casi seguro, comunicarnos con seres inteligentes de estrellas lejanas era posible (y ya se había intentado), pero toparnos con ellos frente a frente iba a ser muy difícil. Lástima.

La ilusión de ver el día en que por fin hiciéramos contacto me había iluminado la vida por espacio de casi un año y no me iba a ser fácil renunciar a ella. Traté de obligarme a seguir creyendo que era posible, pero no pude. Al final me pareció mejor la verdad aunque doliera que vivir engañado por mí mismo –y no me he arrepentido ni por un instante.

Tuve suerte. Hay personas que, aun teniendo la información necesaria a mano, optan por engañarse; y por supuesto hay gente que ni siquiera tiene acceso a la información. Sus ideas quedan a merced de su imaginación sin el freno del conocimiento. En su ignorancia todo cabe.

Lo malo es que algunas de estas personas creen, además, que lo que no entienden no es posible. Hace poco salió en Estados Unidos un programa de televisión en el que se pretendía “demostrar” que los viajes a la Luna de finales de los años 60 y principios de los 70 fueron un engaño, y que la NASA lo filmó todo en un estudio. Para creer en los argumentos que esgrimen los que proponen esta hipótesis habría que convencerse de que en la NASA todos eran bastante tontos, que los soviéticos de aquellos tiempos —acérrimos enemigos de los estadounidenses—eran aún más tontos y estaban dispuestos a dejarse ganar sin dar pelea, y que toda la comunidad científica internacional estaba al servicio del gobierno de los Estados Unidos.
Los argumentos más específicos —por ejemplo: ¿por qué no se ven estrellas en las fotos de la Luna?, ¿por qué las sombras de los astronautas apuntan en distintas direcciones pese a que en la Luna la única fuente de luz es el Sol?—se rebaten fácilmente. Las estrellas no se ven porque las fotos están tomadas a plena luz del Sol, con tiempos de exposición muy breves. Las sombras apuntan en distintas direcciones por la razón sencillísima de que el suelo de la Luna no es plano y el relieve las desvía (y, por cierto, el Sol no es la única fuente de luz en la Luna: también están la Tierra y el suelo lunar, que es muy reflejante).

Pero no todo el que desconoce está condenado a creerse lo que ve en televisión, y me gustaría ilustrarlo con una anécdota.

Eduardo tiene 19 años y cursa el último año de preparatoria. Fue alumno mío en secundaria y nos hicimos buenos amigos por compartir el gusto por la ciencia y las explicaciones sólidas. Hace unos días me llamó por teléfono muy agitado.

—Oye, ¿cómo que no fuimos a la Luna? —fue lo primero que me dijo (“hola, ¿cómo estás?”, y esas nimiedades, significan poco para nosotros).
—Ya viste el programa ese, ¿verdad? —le contesté.

Se lo habían contado en la escuela. Una maestra les presentó todas las “pruebas” de que lo de los viajes a la Luna eran un engaño. Aunque Eduardo nunca ha sido buen estudiante, tiene una mente crítica e independiente. En mis respuestas siempre trato de respetar su inteligencia, de modo que en vez de imponerle mi opinión, le expuse mis razones para estar convencido de que los astronautas sí fueron a la Luna.

—Pues yo estoy muy desilusionado y muy escéptico —me dijo Eduardo cuando terminé.

—Tienes todo el derecho —le contesté. Luego, haciendo alarde de una sabiduría que sólo le conozco a Kalimán, añadí—: No me creas hasta que no te convenza. Pero tampoco les creas a los otros. Piensa y llega a tus propias conclusiones.

Sólo me faltó rematar mis consejos llamándolo “pequeño Solín”. Con esto colgamos. Mi amigo, el escéptico Eduardo, sigue pensando. No me preocupa que piense, porque si conduce su razonamiento con rigor, sin dejarse llevar por sus gustos ni sus prejuicios, y si sopesa todos los argumentos, no tengo la menor duda de que al final llegará a la conclusión de que, pese a que ir a la Luna es una hazaña difícil de creer, la evidencia hace más difícil creer que fue un engaño.


De niño creía en los ovnis. Como sabía pocas cosas, casi todo me parecía posible. “Todo cabe en el desconocimiento”, dice un personaje de una novela del escritor español Javier Marías.

Era emocionante creer que cualquier noche podía bajar del cielo un vehículo espacial extraterrestre repleto de alienígenas amigables. Igual que los europeos de la edad media, que pensaban que el día del Juicio Final era inminente, a mí me parecía que el día del contacto con una civilización extraterrestre estaba a la vuelta de la esquina y esto me tenía en perpetua expectativa.

Con el tiempo, y como los extraterrestres se tardaban en aparecer, fui entendiendo las dificultades que aguardaban a cualquier civilización extraterrestre que quisiera ponerse en contacto con nosotros, sobre todo si lo que pretendían era visitarnos. Ya estaba claro que en el Sistema Solar no había más civilización que las de la Tierra. Los visitantes tendrían que venir de otras estrellas. Pero hasta la estrella más cercana al Sol está lejísimos, y quién sabe si tendrá planetas siquiera. Que hubiera vida en algún otro lugar del interminable cosmos era casi seguro, comunicarnos con seres inteligentes de estrellas lejanas era posible (y ya se había intentado), pero toparnos con ellos frente a frente iba a ser muy difícil. Lástima.

La ilusión de ver el día en que por fin hiciéramos contacto me había iluminado la vida por espacio de casi un año y no me iba a ser fácil renunciar a ella. Traté de obligarme a seguir creyendo que era posible, pero no pude. Al final me pareció mejor la verdad aunque doliera que vivir engañado por mí mismo –y no me he arrepentido ni por un instante.

Tuve suerte. Hay personas que, aun teniendo la información necesaria a mano, optan por engañarse; y por supuesto hay gente que ni siquiera tiene acceso a la información. Sus ideas quedan a merced de su imaginación sin el freno del conocimiento. En su ignorancia todo cabe.

Lo malo es que algunas de estas personas creen, además, que lo que no entienden no es posible. Hace poco salió en Estados Unidos un programa de televisión en el que se pretendía “demostrar” que los viajes a la Luna de finales de los años 60 y principios de los 70 fueron un engaño, y que la NASA lo filmó todo en un estudio. Para creer en los argumentos que esgrimen los que proponen esta hipótesis habría que convencerse de que en la NASA todos eran bastante tontos, que los soviéticos de aquellos tiempos —acérrimos enemigos de los estadounidenses—eran aún más tontos y estaban dispuestos a dejarse ganar sin dar pelea, y que toda la comunidad científica internacional estaba al servicio del gobierno de los Estados Unidos.
Los argumentos más específicos —por ejemplo: ¿por qué no se ven estrellas en las fotos de la Luna?, ¿por qué las sombras de los astronautas apuntan en distintas direcciones pese a que en la Luna la única fuente de luz es el Sol?—se rebaten fácilmente. Las estrellas no se ven porque las fotos están tomadas a plena luz del Sol, con tiempos de exposición muy breves. Las sombras apuntan en distintas direcciones por la razón sencillísima de que el suelo de la Luna no es plano y el relieve las desvía (y, por cierto, el Sol no es la única fuente de luz en la Luna: también están la Tierra y el suelo lunar, que es muy reflejante).

Pero no todo el que desconoce está condenado a creerse lo que ve en televisión, y me gustaría ilustrarlo con una anécdota.

Eduardo tiene 19 años y cursa el último año de preparatoria. Fue alumno mío en secundaria y nos hicimos buenos amigos por compartir el gusto por la ciencia y las explicaciones sólidas. Hace unos días me llamó por teléfono muy agitado.

—Oye, ¿cómo que no fuimos a la Luna? —fue lo primero que me dijo (“hola, ¿cómo estás?”, y esas nimiedades, significan poco para nosotros).
—Ya viste el programa ese, ¿verdad? —le contesté.

Se lo habían contado en la escuela. Una maestra les presentó todas las “pruebas” de que lo de los viajes a la Luna eran un engaño. Aunque Eduardo nunca ha sido buen estudiante, tiene una mente crítica e independiente. En mis respuestas siempre trato de respetar su inteligencia, de modo que en vez de imponerle mi opinión, le expuse mis razones para estar convencido de que los astronautas sí fueron a la Luna.

—Pues yo estoy muy desilusionado y muy escéptico —me dijo Eduardo cuando terminé.

—Tienes todo el derecho —le contesté. Luego, haciendo alarde de una sabiduría que sólo le conozco a Kalimán, añadí—: No me creas hasta que no te convenza. Pero tampoco les creas a los otros. Piensa y llega a tus propias conclusiones.

Sólo me faltó rematar mis consejos llamándolo “pequeño Solín”. Con esto colgamos. Mi amigo, el escéptico Eduardo, sigue pensando. No me preocupa que piense, porque si conduce su razonamiento con rigor, sin dejarse llevar por sus gustos ni sus prejuicios, y si sopesa todos los argumentos, no tengo la menor duda de que al final llegará a la conclusión de que, pese a que ir a la Luna es una hazaña difícil de creer, la evidencia hace más difícil creer que fue un engaño.